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JUAN VALLEJO O EL SURREALISMO FILOSÓFICO
Cuando
en la primavera pasada contemplábamos en el palacio de la Lonja
la impresionante muestra exhibida de la obra de Juan Vallejo, comprendimos
que asistíamos, si no al nacimiento de un artista singular, pues
éste había recibido con anterioridad el homenaje del éxito
público, ciertamente a su confirmación y definitiva consagración.
Ya entonces nos pasmaron aquellas
visiones apocalípticas que tanto impacto causaron en profanos y
entendidos, y en las que Vallejo se revelaba como hacedor de un macrocosmos
alegórico y atormentado. Eran aquellas obras el cumplido fruto
de tres años de trabajo. Era mucho y supo a poco. Galerías
de Arte y pueblo llano se esforzaron por hacerse con pinturas de Vallejo.
Muchos fueron los compromisos contraídos, las promesas empeñadas
y los vínculos establecidos como para no tener que volver enseguida
a Zaragoza. Y aquí tenemos nuevamente, en "Leonardo",
a este burgalés de pro con otra exhibición de su arte acongojante.
Pero
¿por qué aquel éxito? ¿Qué motivó
en abril los viajes de marchantes y particulares a la Lonja zaragozana?
¿Cuál es, en suma, el secreto de la pintura de Vallejo?
Para comprender la obra de este
alquimista de ensueños es imprescindible conocer su manera de crear.
Llevado de su impulso avasallador, comienza por refugiarse en un monasterio
(Cardeña, La Oliva...) so pretexto de realizar en él cualquier
mural de los que luego causarán asombro. Pero la secreta realidad
del retiro es que el artista necesita la atmósfera de reposo espiritual
que brinda el claustro, tanto para realizar la obra encargada, como para
plasmar, además, en una serie de lienzos los atisbos de una intensa
vida interior, las conclusiones de su apasionada meditación metafísica.
Este baño de espiritualidad, de la que se empapa y chorrean luego
los pinceles, es la clave explicativa del exaltado misticismo contenido
en los cuadros de Vallejo, quien, como el monje que nos relata en su cantiga
el sencillo Berceo, pasa en éxtasis meses y años, ajeno
al discurrir del calendario, suspenso en la contemplación de un
universo nuevo y distinto, del cual nos da luego testimonio -alucinante,
descarnado, premonitorio- en el relato de telas, dibujos sobrecogedores.
En algunos cuadros se advierte la prisa enfebrecida por atrapar fantásticas
visiones; en otros, la perífrasis consoladora o acusatoria, y en
todos la honda preocupación por saturarse en las esencias de una
Naturaleza que reintegra al hombre a su condición de criatura de
Dios.
El lenguaje empleado por Vallejo
está entre la parábola evangélica y la prédica
de Savanarola, entre la mística de Esplá y el cine de Bergman,
entre la hoguera y el altar, en fin, entre el barco y la esencia divina
de la persona. Obra gráfica de un ser pensante, acuciado por la
necesidad espiritual de transmitir a sus semejantes el gran secreto entrevisto
en un momento de sublimada ascesis.
A pesar de las apariencias,
no puede afirmarse que Vallejo sea pintor surrealista en sentido estricto.
Cierto que parte de conceptos surrealistas clásicos, entendiendo
por tales la ordenación barroca de los elementos del cuadro y el
carácter lógico e irreal de las estructuras. Pero aquellos
se ven sometidos enseguida a la personal mutación abstractiva impuesta
por el temperamento del artista, cuya preocupación filosófica
deja sentir su influencia tanto en el aspecto trascendente de una temática
escatológica, impregnada de las más puras esencias de la
mística castellana, como en el tratamiento concedido de la misma.
Porque
luego esta la ejecución de la pintura en sí. La materia
de los seres que pueblan este mundo imaginativo se mezcla y superpone
en unos magmas densos, auténticos entramados protoplasmáticos,
en los que sobre un fondo de caverna platónica pululan en planos
rítmicos homúnculos, demoniejos y demás formas larvadas
de vida, que entroncan inevitablemente a este pintor por su línea
argumental e intenciones con el afán fustigador de aquel viejo
gótico moralizante que se llamó Hieronimos Bosch. Observemos
que la paleta de Vallejo, se ha dramatizado todavía más,
si cabe. Los tonos rosas y azules pálidos, aun subsistiendo, dejan
paso al amarillo sulfuroso y a las carnosidades tostadas, en más
perfecta armonía con el clima tenso y trágico de esta iconografía
de regusto medieval. La elocuencia del óleo no basta en ocasiones
para narrar la mágica energía de estos seres en ebullición,
viéndose el artista en la necesidad de recurrir a la acuarela,
gouache, acrílicos y demás materiales de dicción,
que fundidos y alambicados en su retorta bruja, permiten al fin la declamación
del poema de eternidad contenido en estos impresionantes retablos.
Este es Juan Vallejo. En el
libro que se escriba -necesariamente tiene que escribirse- desentrañando
el mensaje criptogramático de su pintura, se hallará contenida
la entraña del ser humano, su trascendente ansia de inmortalidad,
y la preocupación metafísica por el origen y destino de
la persona. Tal es el legado de este artista carismático, obsesionado
con los misterios de la muerte y el juicio final, del infierno y de la
gloria, que nos ofrecimos en el banquete visual de unas pinturas incomparables.
Textos del crítico Jaime
Esaín, escrito para el catálogo de la exposición
de Vallejo, celebrada en el mes de diciembre de 1974 en la Galería
de Leonardo de Zaragoza. |