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Escritos, de Juan Vallejo

      Por esta ciudad desollada a conciencia, emergen zanjas y vallas que destruyen la normalidad de sus viandantes y convecinos. Todo por la obsesión de un megalómano zascandil cuya vanidad se expresa por doquier a costa de la salud de los madrileños. También se aparcan múltiples contenedores en donde se vierte lo más insólito que uno pueda imaginar. Tengo la costumbre en mis paseos, de detenerme ante alguna de estas barcas varadas en caprichosos puertos que acogotan, más si cabe, los espacios de los vecinos. En estos vomitorios, he hallado carpetas inmaculadas con vírgenes papeles de gran formato, tal vez desahuciados del estudio de algún arquitecto, enormes rollos de papel inmaculado del que no he podido sustraerme y acarrearlo a mi taller en donde les he dado imagen y ocupación con los mismos grafitos que a su lado he encontrado. Como resultado, he de decir que son mis dibujos más logrados y sentidos, tal vez por haber rescatado su soporte del abandono. Confieso que se me antojan árboles gritando su martirio cruento e irredimible y que en mi interior subyace la certeza de que estos desprecios a la naturaleza no quedan impunes. En un contenedor se lee la calidad de vida de una ciudad, la educación de sus habitantes, su situación económica, así como el despilfarro que suelen en épocas de hambruna o de abundancia. Hace algunos años, era costumbre ver en las cuadernas de estos buques, archivadores y libros, máquinas de escribir y artilugios de oficina, que ahora han sido relevados por ordenadores cuyas carcasas y pantallas yacen entre cascotes y quincalla. Alguna vez he encontrado las obras de William Faulkner en inglés y numerosos ejemplares de libros escolares, que he recogido solícitamente y ubicado en mi modesta biblioteca, por no hablar de los centenares de cuadernos escolares sin el menor trazo en sus páginas alambradas. De esta suerte la Naturaleza proclama el desdén con que la tratamos. Pero lo que más me jode de todo este delirio, es encontrar comida sana y aprovechable. Hace poco, en pleno centro de Argüelles en donde vivo, me topé con un recipiente de estos, rebosante de barras de pan y de cajas con bollería y otros productos de tahona. No pude por menos de fotografiarlo. 1020 millones de personas pasarán hambre en el mundo durante 2009.Cada año seis millones de niños mueren de inanición. El 15 por ciento de la humanidad pasa hambre. A pesar de las políticas supuestamente dirigidas a erradicarla, el hambre sigue creciendo. No se ha impulsado una justicia social y una calidad alimentaria desde los territorios humildes para procurar a la ciudadanía el desarrollo de agriculturas locales, pequeñas zonas de comercialización que eviten la especulación del gran depredador: el mercado internacional que juega con los precios y los recursos agrícolas; codiciosas manos de unos pocos que provocan la desnutrición y el hambre. Por otro lado, mil millones de personas tienen sobrepeso. Todos los países del mundo tienen los recursos necesarios para liberarse del hambre. Por no hablar de la calidad del medio ambiente que se cierne en la hambruna como una inexorable guadaña que complementará, la ya de por sí letal desgracia. "Lamento anunciar que jamás en la historia de la humanidad ha habido tantas personas que padecen hambre", ha dicho el director general de la FAO. La población más vulnerable ha quedado devastada por los elevados precios y la reducción de ingresos que ha originado esta crisis. La codicia de unos pocos trama esta profunda injusticia de la distribución de las riquezas. El acaparamiento de tierras y la obsesión por el petróleo para el progreso han relegado al campesino. ¿Sabía usted que 150.000 labradores de India se han suicidado en los últimos 10 años? El FMI y el Banco Mundial de alimentos son responsables en gran medida al recortar los depósitos de cereales a los gobiernos más necesitados, de tejer esta telaraña funesta. ¿Han visto las recientes protestas contra el FMI en Estambul? Represión policial ante una juventud crítica y denunciadora es la respuesta de los gobiernos, muñidores en definitiva de esta indecente calamidad. Más de lo previsto se contraerá la economía mundial, han dicho. Todo esto por no hablar de los canallas que todos conocemos en donde las siglas bancarias circulan por su esternón sujetando su inhumanidad y que han dado lugar a la explosión de la burbuja inmobiliaria. Mire a su alrededor y verá cómo en el segmento de este planeta en donde vive, hay vividores de esta calaña capaces de investirse de filántropos a la sombra de mitras y capisayos si fuere preciso para seguir urdiendo su maquiavélica saña de avaros impenitentes. ¡Qué frágil e hipócrita es este Sistema! La alimentación es un derecho humano. ¿Cuándo lo entenderán? La multicausalidad que azuza a este apocalíptico y desbocado caballo, clama en el desierto. El 26 y 27 de enero, en Madrid, se van a reunir estos prebostes. ¡Cómo me gustaría pasearles por este contenedor para ver si se les cae la cara de vergüenza; pero esto no va a suceder. El cinismo que les suele es proporcional a las carencias que generan. Los perros de la avaricia otean el horizonte de la humanidad, en sus olfatos están los harapos y la indigencia de la sexta parte de la población mundial, de sus colmillos pende la rebaba del caviar y el crisol del oro que funden con las osamentas de los que asesinan, talla su anatomía de insaciables mastines.

EL CONTENEDOR

      Soy bella, oh, mortales, como un sueño de piedra, Y mi seno, donde cada uno se nutrió alternativamente, Está hecho para inspirar al poeta un amor, Eterno y mudo como la materia.

(LA BELLEZA)
Charles Baudelaire

      Hace muchos años, en uno de mis paseos por los encinares aledaños a la abadía de Cardeña, encontré en una preciosa mañana de primavera, a un hombre desnudo abrazado a una encina. El perímetro del árbol no quedaba abarcado con su abrazo y esa distancia quedaba cubierta con un largo pañuelo que sujetaba con las manos. La ropa del hombre estaba bastante apartada del lugar, al lado de un pequeño ciclomotor. Tenía los brazos tostados por el sol. Su tórax blanquino dibujaba una invisible camiseta que delataba su trabajo a la intemperie. El tostado siena de la encina, apenas si se diferenciaba del de sus manos. Un tatuaje a la altura del bíceps, muy desdibujado, insinuaba una serpiente que mordía una manzana, entre las piernas de una mujer desnuda.
Continué mi camino sin apenas detenerme, intentando describir la "aparición" para mi sorprendido magín, y racionalizar la impresión que me había dejado aquel encuentro. No lo conseguí, ya que en mis cábalas se superponía lo transitorio de la belleza que, sin duda, tenía la escena, con lo eterno que de ella parecía desprenderse. Cual si un particularísimo elemento de aquel conjunto hombre-encina, se escapara por el ambiente, delatando la singular pasión que allí sucedía.
Días después acudí al lugar y me quedé contemplando el árbol. Recordaba algunos versos de Machado: "¿Qué tienes tú, negra encina campesina..." Torcida hacia el orto, su corteza roturaba la anatomía generosa de su envergadura, hasta el punto de parecer una coraza que revestía su singular inclinación, como si un guerrero gigantesco se doliera de una herida a la vez que levantaba sus gigantescos brazos al cielo. Tal vez reverenciaba al sendero aledaño para admirar su propia sombra; acaso trataba de seducir al caminante con su presto ramaje y provocar su abrazo desnudo.
Probablemente, aquel hombre sintió un especial apego sobre ese árbol, lo que yo trataba de descubrir observando su majestuosidad, su belleza. Comparé su estructura y su copa con la del resto de las encinas: siempre me resultaba mucho más hermoso el ejemplar que enamoró al hombre que sorprendió mi paseo. Observé que todas ellas tenían una particular prestancia, eterna, robusta, serena, como dijera don Antonio. No hay un sólo árbol que carezca de belleza. Ya puede estar quemado, desgajado, seco o moribundo. Su "dendros" relata la vida que le sujetó al cosmos y cómo hemos sido. Sí: nuestro comportamiento con su vida, que no es otro que la actitud para con nosotros mismos.
Probablemente, en una nueva visita a la encina, la Belleza se encuentre anudada a su tronco, oferente, desnuda, con el fruto de la espera en sus manos, aguardando la nudez del hombre que sepa vestirla.